» Dominación durante un instante.

“La ambición por el poder hace más estúpido, desgraciado y odioso al hombre”


La noche cae. Ya no se escuchan a los pájaros cantar. El agua está en calma y las flores en silencio brillan con la luz de la luna llena. Silencio y soledad. Nada más. Tranquilidad. Una suave brisa se levanta. No, esta noche no, viento. Deja tus susurros para otra ocasión. Hoy le toca a la luna ser mi acompañante. Subo a lo alto del más grande árbol. Me acomodo y converso con ella. ¿Luna que todo lo ve desde los cielos, no tienes nada que decirme en esta solitaria noche?. No obtengo respuesta. Oh, Luna ausente, ¿señal de acción del hombre?. Sin respuesta. Eso significa que debo dormir. Acción para descansar según los hombres. Cierro los ojos y, a continuación, las hojas verdes del árbol me protegen y arropan. “Dulces sueños”, me susurran. Sí, sueños, palabra no muy conocida por mí. Acción del hombre.

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Despertar. Acción del hombre, y como este, la hembra siente el hambre. Un hambre un tanto peculiar y diferente. Ardiente. De nuevo, bajo al lago y agradables frutos saboreo. Empiezo a notar como el agua poco a poco va agitándose. ¿Qué sucede, agua?. No hay respuesta alguna, sólo agitación y sentimiento de calor. Hoy estoy más sola que nunca. O puede que no… 


Miro fijamente las aguas, y de pronto, surge una sombra misteriosa, moviéndose. Es bastante grande, así que no puede ser un simple pez. Se dirige hacia la cascada de forma sigilosa. Nado hasta él, pero no me adentro en la cascada. Observo mis alrededores esperando una respuesta. No veo a mi presa. De pronto, sin comerlo ni beberlo, la robusta sombra sale de las profundidades lentamente y enseña su cuerpo desnudo, fuerte y húmedo frente al mío. Era él, el intruso, el hombre de facciones no describibles, pero extremadamente hermoso. Era imposible que existiera un hombre de tanta belleza. Con esa mirada, con esos ojos penetrantes y brillantes. ¿Cómo era posible que la belleza se desperdiciara en un hombre desgraciado?.

¿Qué quieres?. ¿Qué buscas?. No contesta. A todos les había dado por no dirigirme la palabra. Tanto la naturaleza como el intruso. Se acercó lentamente a mí y su mano osó despojarme de mis prendas de las más sensuales de las maneras. Le miré con odio mientras ocultaba mis senos bajo mis delicadas y blanquecidas manos, pero él sólo se limitó a acariciar mi largo y rojo cabello. Le aparté la mano con brusquedad. ¿Qué hacía?. Maldito descarado. Ahora sólo se disponía a observarme de una manera un tanto molesta, penetrante y lasciva, dando vueltas a mi alrededor. ¡Deja de estudiarme con tu brillante mirada, imbécil!. Se detuvo a continuación y bajo la cascada se ubicó. Vi caer sobre su ardiente y excitado cuerpo la fría agua, como sus grandes manos se acariciaban  el torso. Y yo no podía dejar de mirar cómo lo hacía de esa manera tan sensual. ¿Por qué?. No lo sé, pero odiaba no saber las cosas y mucho más no saber lo que mi ser empezaba a sentir. Me muerdo el labio inferior. Ansia, calor, deseo. Era muy extraño y no sabia el motivo. ¿Él?. No puede ser. Lo detesto.

“Acción del hombre. No. Reacción del hombre, sentimiento. EXCITACIÓN.”

No podía ser. ¿Por qué?. Lo miré de abajo arriba con ojos de odio e impotencia. Se acercó nuevamente a mí y se atrevió, con picardía, juntas sus húmedos labios a los míos. ¿Qué era esta sensación?. No sabía definirlo, pero automáticamente mi boca le concedió el paso a su ansiosa lengua, y juntos, bailaron en una eterna desesperación. El tiempo se detuvo entonces. Molestia. Sus manos acariciaban mi rostro y yo sólo me limité a estar quieta, como una estatua de hielo, porque eso era lo que yo era. Un hermoso y frío pecado humedecido. Ahora sus manos iban más allá. Sus manos apartaron con lentitud y compasión las mías y las ubicó en sus caderas. ¡Le estaba tocando!. Él empezó a acariciar mis senos y masajearlos con cierto cariño.

Detente.

Ahora mordisqueaba mi cuello. Susurraba mi nombre. ¿Qué quieres de mí?. No contesta. Un jadeo profundo e inexplicable cuando se atrevió a explorar mi intimidad. ¿Cómo se le ocurría?

¡TE ODIO!

Besos profundos, suaves caricias. Humedad por doquier y cuan atrevimiento empezó a emanar de mi profundo odio. Durante un momento nos fusionamos en un único ser. Sentí como lentamente se introdujo en mi interior y nuevos placeres y gemidos emergieron de aquel lugar. Dolor sumido en el placer. No sería la primera vez, pero esta, sin duda alguna, era completamente diferente.

Sumisión. Eso era. Pura lujuria. Había dejado que el intruso al que yo tanto odiaba me poseyera. Me dominaba como una marioneta entre sus manos. Más, más y más aclamaba el varón. Dominación. Queriendo más poder de control. Deseando más de mí. Avaricia. Húmedos cuerpos rozándose hasta convertirse en uno sólo. Manos que desafían mi intimidad. Profundas miradas que me hacen estremecer.  Manos de mujer contra las rocas para satisfacerle.  Sin poder hacer nada al respecto. Miradas. Poder. Placer. Movimientos de cadera que no se detienen y gritos de placer de un pecado que se fusiona y canta a la vez con el ser dominante. No para de moverse, de darme prohibido placer. Más rápido. Más fuerte. Y en un instante, era sólo suya. Su prohibida servidora. Marcas en la piel que muestran la posesión. Arañazos por todos lados de nuestros excitados cuerpos. Odio y pasión en nuestros ojos. Y fue entonces cuando ambos llegamos al punto más crucial.

“Ahora llevas mi huella en ti”

Estúpido que ansía poder. Hombre lujurioso que viola mi existencia, mi hermoso paraíso con tan sólo observarla. Te odio. Satisfacción. Calma.

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     Abro los ojos. Un amanecer sangriento me despierta. Dentro de la cascada me hayo. Desnuda, pero sin ninguna marca de lo ocurrido. Dolor de cabeza. Recuerdo cerrar los ojos acurrucada en lo alto de un árbol y con prendas de seda. Ahora estoy aquí con el cuerpo desvestido.



¿Era esto un sueño o algo más…?

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¿Confesarás tu pecado, intruso?