» El cuerpo del deseo.


¿Cuántas veces has deseo poder tocar lo intocable? ¿Cuántas veces has querido hacer conmigo lo que no has hecho con nadie? Dime, tú, ¿cuántas son las veces en las que has deseado algo tan fuerte que lo has llegado a sentir como si lo tuvieras en ese justo momento a pesar de su ausencia? Dime cuántas cosas son las que deseas tanto como yo. No es difícil contar con los dedos, ¿no? Vamos, no te oigo. No consigo escuchar tus respuestas. No consigo conocer qué es lo que sientes cada vez que anhelas poder tocar mi cuerpo, poder tocarlo y poder poseerlo por milésima vez. Aunque, si lo piensas bien, te percatarás de que ha pasado más tiempo de lo debía. Sí, como has podido comprobar, ha pasado mucho más tiempo desde la última vez que pudiste satisfacer esos lujuriosos deseos de los tuyos. Y lo más probable es que pienses que soy débil y que no puedo evitar estremecerme cada vez que osas acariciar mi blanco y delicado cuerpo. ¿Recuerdas lo que se siente? ¿Sí? ¿No? ¿Acaso quieres que te cuente lo que sentías mientras te adueñabas de mi cuerpo? Tú decides si quieres que hable. ¿Sí, no? ¿Quizás? Pensándolo mejor, no te daré esa satisfacción. La de escoger, me refiero. Te guste o no, quiero hacerte sufrir. Quiero ver tu cara lasciva derritiéndose por volver a tener la posibilidad de poder tocar el cuerpo prohibido, el cuerpo del deseo. Mi cuerpo, yo.

Te pongo en situación. Imagínate que logras llegar hasta mi guarida. Imagínate que logras acceder a la alcoba donde el lirio descansa. Imagínate mi cuerpo desnudo sobre el colchón redondo y cubierta por las sábanas carmesí de seda. Tentador, ¿verdad? Imagínate, pues, que mi cuerpo desnudo reside en el colchón y espera expectante tu llegada. Y cuando llegas, justo cuando llegas, me encuentras a tu entera disposición, así, en la cama. Sólo para ti. Dime, ¿qué es lo que se siente? Lo más probable es que un sentimiento lascivo y excitante te recorriera todo el cuerpo. Y entonces, delicadamente se posas en la cama y me lanzas una profunda y penetrante mirada del modo en el que sólo tú sabes hacerlo. Y yo, como sumisa tuya que me he convertido, te observo con deseo y ansiosa. ¿No te gusta la idea? ¿Crees que esto puede llegar a mejor? Pues sí, así es. ¿Quieres saber qué es lo que sucede después? ¿Sí, de verdad? 

     mirando fijamente mis ojos mientras piensas en todas las cosas que podrías hacer con mi cuerpo. Te gustaría, ¿verdad? Me mirarías con lascivia y orgullo y pensarás que eres muchísimo mejor que yo y que mi cuerpo es un mero juguete de los dioses. Así pues, comenzarás a acariciar mi cuerpo con la llena de los dedos. Y, extrañamente, no lo notarás cálido, sino helado por completo. Porque bajo esa apariencia tan delicada y ardiente a la vez se esconde un lirio rígido y helado. Lo único realmente ardiente en mí que encontrará será la mirada. Una mirada tan ardiente y brillante hará que enloquezcas de deseo por poder dominar lo que tienes delante. Te estremecerás con el tacto de mi cuerpo. Suavemente, deslizarás tus dedos por absolutamente todo mi cuerpo, de forma delicada y lentamente. ¿Se te hace la boca agua? ¿Sí? Pues sigue escuchando. 

Después de eso comentarás a jugar con mis rojos labios y a devorarme a suaves y jugosos besos. Empezarás por la parte superior de mi cuerpo y terminarás degustando el fruto prohibido. Y eso será lo que haga saltar la chispa. Te tendré entre mis piernas todo el tiempo que quiera. Hasta que me dejes lo suficientemente satisfecha como para poder devolverte "ese" favor. Después de eso, y de unos cuantos arañazos en tu espalda, dejaré que explores en profundizad  lo más íntimo de mi. Suena bien, ¿verdad? Poco a poco empezarás a mover tus caderas de modo sensual y a restregar tu cuerpo contra el mío de un modo completamente sexual. Suspirarás, tu respiración aumentará velozmente y el ritmo de tu corazón acelerará muchísimo más rápido de lo que crees. Entre gemidos te consumirás y los orgasmos serán tu nueva música. Así pues, no querrás detenerte y ambos cuerpos se fusionarán en uno sólo. Llegará el momento en que acabarás gritando mi nombre con fuerza y me pedirás más y más. Y tras haber jugado con mi cuerpo y haber hecho mil barbaridades sexuales con él, me pedirás una última cosa...

Has llegado hasta aquí, ¿y aún no sabes qué es lo que quiero?
Dame de comer, intruso.

No hay comentarios:

¿Confesarás tu pecado, intruso?