» Una búsqueda interior.

"La hora de reprimirse se ha desvanecido"

     Rabia. Rabia por dentro. No puedo encontrar ninguna otra palabra para describir lo que siento. Ahora mismo en mi mente se está librando una batalle entre el odio y la furia. ¿Qué es lo que puedo hacer para combatir las miles de sensaciones que recorren mi cuerpo en este mismo instante? Ni si quiera sé si realmente quiero desaparecer todo esto. Si pudiera destriparme a mi misma y buscar con ansia mi corazón para poder arrancármela lo haría. Juro que lo haría.

    Quiero arañarte. Quiero escupirte en la cara y desgarrar tu miembro lascivo. Quiero que grites y pidas clemencia, que me llames por mi nombre y sangres por los ojos. Quiero que me mires a la cara y te des cuenta de que no hay nadie, absolutamente nadie que pueda estar por encima de mí. Ni si quiera tú. Ni si quiera mi propio odio. Porque a palabras necias, oídos sordos. Porque sé que es lo que pretendes con tanta palabrería y no voy dejarme engatusar por la serpiente. No vas a ser tú el que provoque mi caída. No van a ser tus mentiras las que controlen los hilos de mi nueva vida. No voy a permitir que destruyas los cimientos de mi Edén. Mi reino, mi destino, mi desgracia... ¡¿Pero qué demonios sabrás tú acerca de la verdad?!

   Si pudiera descuartizarte lo haría. Si pudiera arrancarte el alma y quemarla lo haría. Podría hacer tantísimas cosas, sí, y lo sabes. Sabes que todo lo que estoy diciendo es verdad y soy muy capaz de cualquier cosa que me proponga. Podría hacer lo que me plazca con tu cuerpo... si estuvieras aquí conmigo. 
 
   Y es que no eres capaz de imaginar cuan grande es mi frustración. Es que no eres capaz de imaginar cuan grande es el odio que siento hacia ti. Te repudio. Te detesto. Me das asco. Y no hay nada que puedas hacer para evitar lo que siento por ti. Ni si quiera escribir trece hojas. 


{ . . . }

    Porque yo soy más fuerte, mucho más de lo que te imaginas. Y sí, puede que te lo repita una y otra vez, pero es que esa es la verdad y ni eres capaz de negármela. Así que agacha tu mirada lasciva y ven. Ven a mí y deja que te castigue por tu osadía. Ven a mí y deja que sea yo y sólo yo la dueña de tu cuerpo, la maestra que te maneja cuan títere y que pueda desplegar todo su odio y toda su rabia sobre ti. Porque no hay cosa que odie más. Porque no hay ansia más grande que la mía por destruirte. Y no, no te confundas. Esto no es amor. Esto no es un amor frustrado y escondido, no. Esto es odio, odio de verdad. Ese odio que duele, mata.


   ¿Cuánto tiempo más vas a dejar así, con estas ganas terribles de deshacerme de ti? ¿Cuánto tiempo más debe de pasar para que al fin des la cara? Ya no me vale tu mera presencia entre las sábanas o entre los arbustos observándome mientras el agua del lago recorre mi piel desnudo. No, ya no quiero simples miradas y caricias. Necesito más, mucho más. Necesito que te acerques más aún a mí y que, con mis propias manos, pueda arrancarte esa lengua de mentiroso y ese miembro lujurioso que tienes entre las piernas. 


    Intruso. Intruso cuyo nombre desconozco. Intruso sin nombre. J. Doe, tal vez. ¿Quién es capaz de saber la verdad? Apostaría mi propia vida a que ni si quiera tú lo sabes. Ni si quiera sabes quién eres en realidad. ¿Y si fuera yo quién tiene la posibilidad de complicarte la vida? ¿Y si soy yo quien ha estado mintiendo y actuando todo este tiempo, Sr. Doe? ¿Y si esa búsqueda interior la necesitas tú? Porque, ¿sabes una cosa? Yo también sé jugar a ese juego. Y la verdad es que no se me da nada mal, querido


    No. No quiero que me mires directamente a los ojos. Quiero sentir ese poder, ese orgulloso que recorre mis venas al saber que estoy por encima de ti y cualquier otro ser viviente en este Edén. Porque soy vanidosa y porque simplemente puedo. Porque, en algún momento de este delirio he sido consciente de quién soy y cuales son mis posibilidades. Me he percatado de todas las cosas que puedo hacer y de cómo puedo manipularte a mi antojo sin sentir absolutamente nada más que odio y rabia. Pero, ¿y tú?.



¿Qué eres capaz de hacer tú, sin nombre?

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¿Confesarás tu pecado, intruso?