» El juego de la incertidumbre.

“ Aequam memento rebus in arduis servare mentem ”



    Y puede que sea así y que no lo quiera remediar. Porque a veces te das cuenta de lo poderoso que puede ser tu cuerpo. A veces te das cuenta de la influencia que puede tener tu propio cuerpo sobre la mente humana. Porque a veces algo tan apetitoso y lascivo como el cuerpo puede romper barreas y llegar a lo más profundo de tu ser. Porque, en realidad, eres débil y lo único que quieres es sucumbir, caer en la tentación y probar los placeres de la existencia, sin importar cuáles sean las consecuencias que pueden suceder después.

    Entonces es cuando yo logro vislumbrar en mis recuerdo un fragmento de memoria. Sí, de esos que me has robado y que creo haberlos olvidado. Así pues, de ese único modo, una ráfaga de sufrimiento azota mi interior y la sangre comienza a emanar de mis manos. Sin embargo, ahí estoy, sin poder controlar la lógica de mi mente delirante. Sabiendo que mi cabeza puede explotar en cualquier momento me siento incapaz de librarme de las tentaciones del cuerpo. Me siento incapaz de poder desprenderme de tu mirada. Así, sin más.

    ¿Y cómo sé que he llegado al límite? ¿Y cómo puedo saber qué es lo que nos puede llegar a ocurrir traspasados ese límite? Más bien, debería de preguntarme qué es lo que sucede al cuerpo cuando llegamos al éxtasis, cuando sucumbimos en lo más alto a nuestros deseos. ¿Acaso esta es la única forma de poder recordar la verdad? No quiero pensar que soy débil, porque dentro de mí sé que no lo soy. En realidad soy más poderosa que todo eso. Si no fuera así, ¿por qué seria yo la dueña de este Edén? ¿Acaso nada de esto es real? ¿Podría ser realmente que todo lo que me rodeo es falso? ¿Y si he sido yo la única que ha sucumbido realmente a mis propios delirios? ¿Y si es esto lo que sucede cuando el cuerpo llega a su límite y ya no puede sucumbir a la tentación.

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    Dicen, o eso me ha susurrado el viento, que la mente es el arma más poderosa de todos. Más que el mismísimo cuerpo pecaminoso. Tal vez. Tal vez sea cierto, aunque yo en ocasiones pienso lo contrario. Eso es lo que, posiblemente,he aprendido de ti. Pero cuidado, no te confundas. Yo no estoy diciendo que eso sea falso. Soy una mujer fuerte, aunque parezca una flor delicada. Sé que no soy ninguna bella flor. Ahora soy algo más que eso. Estoy muy por encima de mis posibilidades. Soy una divinidad en busca de las mismas respuestas de siempre. Soy un ser inteligente al que su propio cuerpo pone a prueba. Y sucumbe, lamentablemente, sucumbe al placer. ¿Eso significa que la mente es débil? 

    ¿Y si en mi caso la mente estuviera completamente separa del cuerpo? ¿Y si mi cuerpo estuviera vacío por completo por dentro? ¿Entonces qué? ¿Cambiarían las reglas del juego? ¿Sí? ¿No? ¿Tal vez? ¿Demasiadas preguntas a la vez? De todos modos, da absolutamente igual todo lo que diga. Tú no vas a responderme. Nadie va a responderme. Nunca hay respuesta a nada. Nunca. Jamás. De este modo, llegados a este punto te das cuenta de lo inestable que soy a pesar de mi apariencia o lo que puedo hacerte ver. Tal vez sea eso una señal de advertencia de la realidad. ¿Sí? ¿No? ¿Tal vez? Quizás. 

    El cuerpo sucumbe. Nunca dejará de caer en la tentación, ya sea esta el bien o el mal. Eso tampoco podemos llegar a saberlo al cien por cien. Sin embargo, aunque podemos percibir nuestro cuerpo físico y contemplar con nuestros propios ojos una realidad distorsionada, es la mente lo único que nos hace preguntarnos todas esas preguntas. Pero, un momento, ¿no se supone que no tengo conciencia de mi misma? ¿No se supone que soy una desequilibrada que se alimenta de delirios? ¿Entonces? ¿Por qué soy capaz de hacer tantas preguntas? Preguntas, de las que tal vez estés harto de escuchar. Pero, dime, ¿no te vuelve a ti también loco esta situación?

El juego de la incertidumbre es así. Jamás habrá respuesta. Jamás sabremos la verdad.
Así pues, toma de la manzana del pecado. Olvidémoslo todo. 
Sucumbamos una vez más en la tentación.
Escondamos nuestros recuerdos.
Simplemente, gimamos.

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¿Confesarás tu pecado, intruso?