» El misterio del diluvio.

     Aún puedo escuchar el sonido de la lluvia caer mientras me oculto bajo las sábanas. Hacía ya mucho tiempo que no recordaba lo que era estar hipnotizaba por esa agua que cae sin cesar. Hacía muchísimo tiempo que no llovía en el jardín del Edén. Y es que creo recordar que nunca lo ha hecho. Es extraño, sí, lo es. Es una nueva sensación para mí, pero a la vez la siento tan familiar. La lluvia. Esas gotas tras gotas, tras gotas, tras gotas que caen sin cesar del cielo. Hacen que me encuentre perdida en mi soledad. Me acurruco y me doy la vuelta entre las sábanas de seda. No quiero salir de mi guarida. No quiero salir ahí afuera a sentir cómo esa agua fría cae sobre mi piel. 
     Un sentimiento de nostalgia recorre mi ser. Es un mal augurio, esta lluvia... no puede traer nada bueno. No puede significar nada bueno. Sin embargo, debo confesar que su sonido me tranquiliza, su sonido me reconforta. Un sentimiento contradictorio... para variar. Suspiro. Suspiro una y otra vez. Esta lluvia me hace sentirme débil. Esta lluvia me hace sentir cierto vacío familiar en mis adentros. Pero sé que no quiero salir ahí afuera. Pero sé que no quiero sentir cómo sus gotas me mojan la piel. Quiero aislarme. Quiero perderme en estas sábanas de color carmesí. No quiero tus caricias ni tampoco tus falsas promesas de amor. Quiero escuchar el agua caer... Quiero perderme en estas sábanas. Pero la lluvia sigue cayendo y cayendo. Gota tras gota inundan todo mi paraíso de su agua. El canto de los pájaros se ahogan y las nubes no dejan pasar los rayos del sol. Todo se apaga. El Edén se apaga. Mi corazón se agita y mi respiración se entrecorta. La nostalgia está invadiendo mi cama.

     Cuando cierro los ojos puedo visualizar mi cuerpo desnudo, de pie, en mitad del Edén. Con los ojos cerrados y las mejillas sonrojadas alzo mi rostro al cielo, esperando alguna señal. Esperando, quizás, a ese ángel guardián que nunca vino a rescatarme. Siento frío, un frío helado que me desgarra por dentro. Mi cuerpo comienza a tiritar y un profundo malestar empieza a originarse a mi alrededor. Sin embargo, hay paz en mis recuerdos. Logro tener la mente en blanco. Logro desconectar de todo este juego. Logro encontrar un momento de solitaria paz. Pero aún así sé que no me gusta la lluvia. Esta nostalgia que me está haciendo sentir me transmite negatividad. Siento que algo debió de ocurrirme tiempo atrás cuando la lluvia caía... pero no logro recordar el qué... para variar...

     Me retuerzo de impotencia entre las sábanas carmesí y vuelvo a suspirar. Ahí estoy. Ahí estoy visualizándome de pie en mitad de todo el Elíseo. La lluvia acaricia mi piel con delicadeza y se desliza sobre él minuciosamente. Es una señal. Sé que es una señal. Me está intentando decir algo, pero no sé el qué. Me siento impotente y me enfurezco al ver que no puedo hacer ninguna otra cosa que contemplar esa escena. ¿Y ahora qué? Quiero que esta lluvia cese. Quiero que este malestar desaparezca. Es entonces cuando ante mis pies se posa una hoja de un árbol. Mírala... Ahogándose. Me agacho para cogerla y es entonces cuando miles de imágenes regresan a mi caja de Pandora. Es entonces cuando lo recuerdo todo. Es entonces cuando siento que debo de despegarme de estas sábanas y salir ahí afuera, en busca de la verdad.


Ahora recuerdo por qué detestaba la lluvia.
Ahora sé por qué debía de encontrarme con aquella hoja.
Un breve momento de delirio para poder seguir adelante.

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