» La rendición del lirio ensangrentado.

     Decepción. Sí. Creo que no hay mejor palabra que esa para describir lo que siento en este mismo instante. Siento que me he decepcionado a mí misma, aunque hay algo dentro de mí, muy en el fondo, que sabe que no debería de sentirme así. Sin embargo, no puedo evitarlo. No puedo evitar sentir esta pena tan grande rodeándome con fuerza, con una fuerza cuasi asfixiante. La decepción es un sentimiento que me hace sentir rota y apenada. Yo diría que es sinónimo de frustración también. Sueños que se rompen. Ilusiones que se marchitan. Llamas que se apagan. Así de simple y banal.

     He luchado mucho, tal vez demasiado. Pero jamás me he rendido. He estado ahí cada segundo de mi dudable existencia. He intentado mantener la calma y pensar en positivo. Pero... ¿para qué? Las fuerzas se me escapan de las manos. Las ganas de vivir se me escapan corriendo de las manos. La esperanza se desvanece y las ganas de luchar se suicidan. Durante bastante tiempo he estado pensando en lo que debería de hacer. No, tengo que corregirme. No he estado pensando en lo que debería de hacer, sino en lo que quiero hacer. Intento por todos los medios conseguir cada uno de mis propósitos, pero no puedo evitar ferrarme a ese pasado. A ese pasado oscuro y sangriento que no hace más que consumirme. Me consumo en la oscuridad del recuerdo perdido, de la vida verdadera, lastimada y sangrante.

     ¿Hacía dónde debería de ir ahora? ¿De dónde vengo realmente? Aún poseo los recuerdos de aquella primera vez que desperté en medio de la nada. El cuerpo me dolía, comenzaba a respirar. Comenzaba a vivir. ¿Por qué se me tuvo que quitar lo más preciado? ¿Por qué no puedo despojarme de todo lo malo que guardo bajo llave dentro de esa maldita caja? Decepción. Sí, eso es. Eso es lo que siento. Me siento destruida por los recuerdos. Me destruyo a mí misma con falsas palabras de esperanza. Intento tragarme mi orgullo, pero no puedo. Me atraganto. Me siento apenada. Siento que mis heridas se abren y que vuelvo a sangrar con más fuerza que la última vez... que aquella vez en la que morí. 

     ¿Qué se supone que debo hacer? ¿Cómo debo de reaccionar? He luchado mucho, tal vez demasiado. Sí. He intentado mantener la calma y pensar en positivo. Pero... ¿para qué? Las fuerzas se me escapan de las manos. Las ganas de vivir se me escapan corriendo de las manos. La esperanza se desvanece y las ganas de luchar se suicidan. Siento que todo este esfuerzo no servirá de nada al final. Tengo miedo. Mucho miedo, aunque jamás lo admita. Estoy sola en este paraíso y me estoy consumiendo con mis propios recuerdos, con mis sueños rotos también. Ese momento en el que me encuentro al borde del precipicio, apunto de saltar. Sí... puede que sea eso lo que tenga que hacer, lo que debería de hacer. Quiero dejar de sentirme decepcionada. Quiero dejar de fallarme a mí misma. Quiero quitarme con rabia esta máscara y lanzarla al vacío, pero hay ocasiones en las que pienso que lo que realmente tiene que caer al abismo soy yo.

     Mi alma ya no tiene salvación. Mi cuerpo se encuentra marchitándose lentamente. No puedo evitarlo. No puedo hacer nada para que eso cambie. Me estoy consumiendo inevitablemente. Ya no hay fuerzas si quiera para derramar lágrimas ni llantos que exteriorizar. Todo se acaba. Todo se tiene que acabar, de una vez por todas y de forma permanente. Debería de saltar. Debería, debería, debería... Siempre la misma palabra: debería. Debería de hacer tantas cosas... Ni un suspiro puede consolarme. No, ya no. Estoy harta de tantos dolores de cabeza, de no poder combatir la enfermedad. Demencia. Eso es lo que me está sucediendo, lo sé. Tantos delirios juntos no podían ser buenos. Tantos recuerdos intoxicando mi cabeza no podían ser buenos. Tantos secretos guardados dentro de la caja de Pandora. 

     Es ahora cuando empiezo a entender mi falsa existencia en este jardín del Edén. ¿Cómo no pude darme cuenta antes? ¿Cómo no pude percatarme de las consecuencias de mis actos antes? No lo sé... yo no sé la respuesta, pero sé que tampoco la obtendré de nadie más. Silencio. Miro más allá del precipicio. Sí... debería de hacerlo. No... tengo que hacerlo, simplemente. No puedo pensar en nada más. No quiero mirar atrás. Nadie me espera al otro lado de la puerta. Nadie velará nuevamente por la muerte del lirio ensangrentado. Aquí estoy... a un paso de acabar con todo. Dime, Pandora, Reina del jardín del Edén, Dama de Rojo y pequeño Lirio maldito, ¿podrás reunir todo tu coraje y atreverte a saltar al vacío?

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¿Confesarás tu pecado, intruso?