» Afrontando el verdadero destino.

Me estaba consumiendo. Ahora lo sé. Mis sentimientos me delataban. Mi estado de ánimo también me delataba. Me hallaba al final del túnel, sin escapatoria. Sin salida. ¿Y sabes qué era lo que había al final de ese sendero lleno de oscuridad? Más oscuridad. La Nada, sin ir más lejos. Me estaba consumiendo. Mis pecados hacían que me estuviera marchitando. Ya no podía ir atrás y arreglar las cosas. Ya no podía ir atrás y pedir perdón. Tenía que mantener la cabeza bien alta. Debía de aceptar las consecuencias de mis actos. Debía de dejarme llevar por esa oscuridad que me estaba ahogando. La luz se había apagado, para siempre. Debía de asimilarlo cuanto antes. Ahora lo sé. 

La tortura jamás iba a cesar. Mis sueños seguían convirtiéndose en pesadillas. Debía pagar por todo lo que había hecho, y por todo lo que no había hecho también. Estaba confusa. Estaba herida física y mentalmente. Mi corazón se partía en millones de fragmentos. Ya no había salvación para mi alma. Me consumía. Me ahogaba. Me estaba matando a mí misma. De nada servía pedir perdón. Ahora lo sé. Ahora lo entiendo. Quería volver atrás, ansiaba con todas mis fuerzas volver atrás y cambiar las cosas... Pero no podía. De nada servía. La misma historia empezaba a repetirse. Me entregaba por milésima vez a la total oscuridad.

¿Cuándo iba a abrir los ojos y darme cuenta de todo? ¿Cuándo iba a aceptar que todo lo que había hecho había sido en vano? ¡Un engaño! ¡Una estafa! En nadie podía confiar, en absolutamente nadie. ¿Por qué no supe escuchar? ¿Por qué no supe escuchar a mi voz interna? Fui avisada, innumerables veces, pero no quise escuchar. No podía ser verdad lo que estaba apunto de sucederme. Ingenua de mí. Estúpida de mí. Jamás aprendería la lección, ¿verdad? Me sentía acorralada. Mi visión se había vuelto del color del carbón. Mis suplicas rebotaban en las paredes de aquella pequeña cárcel. Nadie podía escucharme. Nadie podía liberarme de lo que estaba apunto de suceder. Maldigo el día en el que caí en el mundo de los pecados. Maldigo el día en el la flor carmesí decidió darme a luz en lo más profundo del bosque. 

Quería morir. Ya no aguantaba más esta agonía. Ya no quería seguir sintiéndome atrapada por estas cadenas invisibles. Abrí los brazos todo lo que pude y grité fuerte para que la oscuridad me consumiera. ¡Mátame! ¡Hazlo ahora! No quiero seguir viviendo un mundo de ilusiones y mentiras. No quiero seguir siendo acechada por un asesino, por un cazador del pecado. No quería seguir existiendo en un lugar tan hipócrita producto de mi propia imaginación. Pero ya no podía huir. Pero ya no podía pedir ayuda. Nadie vendría a salvarme por mucho que suplicara. Ya no me quedaba otra opción que aceptar mi destino, mi verdadero destino. Tenía que ser valiente y reunir todo el coraje posible. Debía de aprender a caminar por esa eterna y maldita oscuridad. Debía de secar las lágrimas de sangre de mi rostro y afrontar la muerte con firmeza. 

Me levantaría del suelo, después de tanta desesperación y aprendería a domarlo. Cogería las riendas de mi propia agonía y no esperaría a ningún ángel guardián. Comenzaría a andar y me alejaría de todo sufrimiento. Me encontraba en mitad de esa oscuridad, sola y valiente, esperando el momento para actuar. No podía salir de aquí. Ya no podía pedir perdón y arrepentirme, por lo que decidí sonreirle a la muerte y echar a andar. Sería yo quien renacería bajo una nueva forma después de haber aceptado mi verdadero destino. Sería yo y únicamente yo quien podía marcar los pasos de su siguiente misión. Esto no era el final, el auténtico final... ¿o sí? No lo sé. Pero si quería averiguarlo debía de andar sin miedo por esa cárcel oscura y sin salida hasta hallar una solución viable y combatir así que lo que quedara de mi corazón y mi alma se marchitara y pudriera para siempre.

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