» Miradas que hablan por sí solas.

     La profunda mirada del odio. La profunda mirada de la duda. La profunda mirada que nos envuelve y nos consume. No hay manera de poder escapar de esos ojos verdes y penetrantes. No hay manera de escapar de esa mirada acusadora que nos persigue por doquier. Nuestras manos están manchadas de sangre. Nuestras bocas están manchadas de la saliva ajena. Pecado. Todo se reduce siempre a lo mismo, al pecado más primitivo. No podemos huir. No podemos escondernos. Estamos marcados y jamás conseguiremos despojarnos de esa huella maldita. ¿Qué hemos hecho para merecernos semejante castigo? Tal vez existir simplemente o tal vez el hecho de amarnos en pecado, quién sabe.

     Hay miradas que hablan por sí solas. Hay miradas que nos hipnotizan. Hay miradas que nos transforman y sacan lo mejor y lo peor de nosotros mismos. Esos ojos verdes envidia que no dejan de observar cada uno de mis movimientos. ¿Qué es lo que quieres? ¿Qué es lo que buscas? Miradas que sin decir nada nos revelan grandes verdades que no queremos admitir. ¿Cómo podemos huir de semejante humillación silenciosa? No queremos ser observados. No queremos ser juzgados. Pero ahí están esos ojos acusadores que nos observan con recelo y devoción a la vez. 

     ¿Cómo hemos llegado a esta situación? ¿Cómo hemos podido permitir que una simple mirada nos perturbara tanto? Quiero que dejes de mirarme durante un segundo al menos. Oscuridad. Sí, eso es, ese es el método. Cierro los ojos con fuerzas en busca de un refugio en el que no puedas encontrarme ni mirarme. Si cierro los ojos no me sentiré culpable. Si cierro los ojos no podrás buscar en mis pupilas el resultado de mis pecados. 

     Hay miradas que hablan por sí solas. Pero yo no quiero escucharlas. No quiero ser observada. No quiero ser juzgada. Simplemente quiero volverme invisible y encontrar un lugar en el que poder existir en armonía y tranquilidad. ¿Acaso es mucho pedir? Tal vez. Nunca podré dejar de ser observada y juzgada, lo sé. Hay miradas que hablan por sí solas, ¿verdad? Hay miradas que nos observan con odio, hay miradas que nos observan con envidia y hay otras que no dejan de juzgarnos y acusarnos por nuestras debilidades. Quieren hundirnos en la miseria. Quieren hacernos sentir culpable por algo que no podemos evitar ser, pecadores. La mirada del pecado. La mirada de la culpa. Esos malditos ojos verdes que todo lo ven y que no quieren ocultarse jamás. 

     Quiero detener todas esas miradas. Quiero callar todas esas miradas. No quiero que existan, simplemente. No quiero que me miren. No quiero que me juzguen. Sí, soy culpable gracias a mis pecados, pero eso no le da derecho a todas esas pupilas acusadoras de observarme con minuciosa atención. No podemos huir. No podemos escondernos. Estamos marcados y jamás conseguiremos despojarnos de esa huella maldita. Dejadnos en paz. Dejad de hablar en silencio. Dejad de observar y dejad de murmurar secretos inexistentes. No sabéis nada, aunque penséis que sí. No conocéis realmente lo que había en nuestros pensamientos o en nuestros corazones. No quiero seguir participando en vuestro juego de miradas malditas. 

     Hay miradas que hablan por sí solas. Las que nos miran con odio, las que nos miran con envidia, las que nos miran con muy malas intenciones... ¿Por qué? Quién sabe. Tal vez lo que suceda es que esas pupilas no tienen el valor suficiente de dar el paso necesario para asumir sus propios pecados. No son capaces de ver más allá y prefieren observar vidas ajenas para alimentar las suyas propias de falsas ilusiones que no les llevarán a ninguna parte. Quién sabe... tal vez algún día alguna de esas miradas se ocultan para siempre o decidan hablar la verdad auténtica que no nos quiere ser revelada.

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