» Perdóneme, padre, porque he pecado. 1º PARTE


"A bove ante, ab asino retro, a muliere undique caveto"

Perdóneme, padre, porque he pecado. Sí, así es. O eso es lo que dicen las lenguas vivas. O más bien hay que decir que yo soy el mismísimo pecado. Fuera como fuere, soy un pecado y he pecado. ¿El motivo? Mi propia existencia. Pero esa historia ya la conocéis, y siempre estaré yo para repetirla... Una y otra vez. ¿Y qué más puedo decir que no haya confesado aún? Si es que no logro entender por qué mis actos pudieron ser etiquetados de maldad, pura maldad. Y aún así... Y aún así, siendo yo la única madre de hombres y la única que pudiera salvar lo poco de humanidad que pudieran tener, se me castiga de este modo. A la soledad. Al eterno sufrimiento. A la muerte. Porque yo soy la que mira con ojos bondadosos mis propios actos, pero son ellos, la multitud, la mayoría, los hombres, los que proclaman mi belleza como veneno lascivo. Dicen que yo soy el motivo de su lujuria, de su deseo, de su lívido.

Perdóneme, padre, porque he pecado.

Y seguramente jamás entenderé mi origen y todo lo que hizo que llegara adonde estoy ahora. Jamás entenderé por qué se me hizo tanto daño. ¿Cómo se puede dañar algo tan bello? ¿Por qué nunca la luna me susurra y el viento me da respuesta a mis preguntas? ¿Y si lo que realmente pasa es que...? 

¿Y si todo fuera un sueño? ¿Acaso hay alguna fórmula mágica para poder despertar de esta pesadilla, de esta tortura? ¿Y si todo lo vivido hasta ahora no fuera real? ¿Y si en la realidad, en vida, en verdadera vida, fuera una mujer normal? ¿Y si jamás hubiera sido reina de este Edén? Tal vez suene blasfemo lo que está apunto de salir de mis labios, pero, ¿y si ni siquiera usted, padre, no es real? 


¿Y si usted también fuera producto de ni enfermiza mente? ¿Y si yo no si quiera existiera?

Y así, nuevamente, preguntas, muchas preguntas sin respuestas. Y así, sin saber muy bien qué es lo que puedo hacer para salvar mi alma, si es que aún puedo salvarla, volver a salvarla, estoy ante ti, padre. Con lágrimas de sangre en los ojos me postro ante ti, ante tus pies, ante tus pies desnudos. Ahora me hallo sin consuelo y desesperada para escuchar un perdón. ¿Y qué será lo que obtendré al final? ¿Un perdón real? ¿El despertar de este sueño enfermizo, acaso? Ni si quiera usted, padre, me dice nada. Tan sólo te limitas a mirarme con esos ojos verdes y penetrantes. Esa mirada que me abruma, esa mirada que hace, sin yo quererlo, excitarme.

Perdóneme, padre, porque he pecado. Perdóneme, padre, porque soy pecadora por naturaleza.

Me encuentro atrapada en esta caja de Pandora. Sin salida. Vivo una fantasía detrás de otra en este reino al que llamo Edén, en el cual se encuentran todas las penas y alegrías. Todos los males y toda la esperanza. ¿Me entiende, padre? ¿Sabe de qué le estoy hablando? Vivo un sueño dentro de una cajita escondida y olvidada. Intento convivir con mis pecados en esta tierra escondida, posiblemente esperando una señal, una luz, un ángel guardián que luchará por mí. Pero no, eso sería pedir demasiado, más bien imaginar, soñar demasiado. 

No sé si estaré soñando realmente o si todo lo que estoy viviendo es verdadero o no. Pero sus ojos verdes se clavan brutalmente en los míos. Esos ojos... que tanto excitan. Escuchadme, padre, escuchadme con atención, porque he pecado. Y estoy apunto de volver hacerlo hasta que usted o alguien de respuesta a mis preguntas.

{ . . . }

Lágrimas. Lágrimas que caen por mis mejillas. Lágrimas de cristal. O tal vez sean lágrimas de sangre. Todo dependerá de quién me esté contemplando. En frente del espejo soy yo las que veo cómo esas lágrimas van adquiriendo un color sangriento cada vez más oscuro. Sin embargo, padre, usted las ve de cristal, casi transparentes. Pero, ¿qué es lo que está sucediendo realmente? ¿Cuál es la realidad? ¿Qué es lo que significa ese reflejo del espejo? Padre, oh, padre, tantas preguntas. Siempre tantas preguntas

Cómo le gusta no formular palabra nunca, ¿verdad? Ni si quiera en situaciones como esta.
Oh, padre, ¿hasta dónde vamos a llegar con todo esto?

Me encuentro de rodillas ante usted con lágrimas en los ojos. Le cuento mis penas, mis pecados. Pero usted ya los conoce todos. Me mira con lascivia, como de costumbre, y yo en cambio le miro ingenua esperando algún tipo de respuesta. Le miro con los ojos verdes envidia llenos de lágrimas, esperanzada de que logras perdonar todo aquello que hago mal. O, bueno, todo aquello que está considerado incorrecto. 

Mi cuerpo. Mi alma. Mis pensamientos. Mis actos. Mi propia existencia. Porque nada de esto tiene sentido. ¿O sí?


Ahora me encuentro frente al espejo, desnuda. Usted se sitúa detrás de mí. Mira al espejo. Me está mirando a mí. En mi rostro, las huellas. El camino de aquellas lágrimas brotando desde lo más profundo de mi alma. Me acaricia. Me acaricia el cabello rojo como la llama, como la sangre que da vida. A continuación cierro los ojos suavemente, como si fuera a caer dentro de un profundo sueño. Es entonces cuando siento una presencia demasiado cerca de mi cuerpo. Un calor, un calor especial. Un roce en lo más íntimo de mi ser que hace que no pueda evitar ruborizarme y sentir un frío escalofrío recorriendo mi cuerpo. Abro los ojos. Ese es el momento en el que abro los ojos y me doy cuenta de lo que está sucediendo. La realidad es que no hay perdón para alguien como yo. No hay perdón para una pecadora como yo, o puede que los pecados que he cometido tiempo atrás son inconfesables. Es por eso, y ahora lo comprendo, que merezco ser castigada.

Así pues, soy bestialmente empotrada contra aquel espejo frío y destructivo. No dejas que gime, no dejas que llore, no dejas que sienta el placer. Un castigo que sólo puede conducirme a un camino lleno de dolor, venganza y sangre. Eres tú y sólo tú, porque ya no es usted, padre, el que me penetra cuan animal en celo sin dejar de mirarme con aquellos ojos en silencio y con la sonrisa bien amplia. Me acaricia violentamente. Un sin sentido en un lugar y un momento que muy pocos conocen. Me agarra con fuerza del cabello y me susurra al oído unas palabras que ni si quiera yo misma logro entender. Y aún así, a pesar de aquella situación humillante y sumisa, me dejo llevar y permito que te conviertas en aquel dueño del títere roto y vacío. 

Una detrás de otra. Con fuerza. Rítmicamente. ¿Y mi perdón? ¿Dónde está mi perdón?

Ya no se escucha ningún otro sonido que no sean el de nuestros cuerpos rozándose. Y a pesar de eso, siento como si esto ya lo hubiera vivido antes… Dolor. Fricción. Sin perdón. Agonía en silencio. Y el castigo no ha hecho más que empezar. Perdóneme, padre, perdóneme, por favor por todos mis pecados.