» Perdóneme, padre, porque he pecado. 2º PARTE


"A superbia initium sumpsit omnis perditio"

     Lágrimas. Lágrimas que caen por mis mejillas. Lágrimas de cristal. O tal vez sean lágrimas de sangre. Todo dependerá de quién me esté contemplando. En frente del espejo soy yo las que veo cómo esas lágrimas van adquiriendo un color sangriento cada vez más oscuro. Sin embargo, padre, usted las ve de cristal, casi transparentes. Pero, ¿qué es lo que está sucediendo realmente? ¿Cuál es la realidad? ¿Qué es lo que significa ese reflejo del espejo? Padre, oh, padre, tantas preguntas. Siempre tantas preguntas...


Cómo le gusta no formular palabra nunca, ¿verdad? Ni si quiera en situaciones como esta.
Oh, padre, ¿hasta dónde vamos a llegar con todo esto?

     Me encuentro de rodillas ante usted con lágrimas en los ojos. Le cuento mis penas, mis pecados. Pero usted ya los conoce todos. Me mira con lascivia, como de costumbre, y yo en cambio le miro ingenua esperando algún tipo de respuesta. Le miro con los ojos verdes envidia llenos de lágrimas, esperanzada de que logras perdonar todo aquello que hago mal. O, bueno, todo aquello que está considerado incorrecto. 

Mi cuerpo. Mi alma. Mis pensamientos. Mis actos. Mi propia existencia.

Porque nada de esto tiene sentido.
¿O sí?

{ . . . }

     Ahora me encuentro frente al espejo, desnuda. Usted se sitúa detrás de mí. Mira al espejo. Me está mirando a mí. En mi rostro, las huellas. El camino de aquellas lágrimas brotando desde lo más profundo de mi alma. Me acaricia. Me acaricia el cabello rojo como la llama, como la sangre que da vida. A continuación cierro los ojos suavemente, como si fuera a caer dentro de un profundo sueño. Es entonces cuando siento una presencia demasiado cerca de mi cuerpo. Un calor, un calor especial. Un roce en lo más íntimo de mi ser que hace que no pueda evitar ruborizarme y sentir un frío escalofrío recorriendo mi cuerpo. Abro los ojos. Ese es el momento en el que abro los ojos y me doy cuenta de lo que está sucediendo. La realidad es que no hay perdón para alguien como yo. No hay perdón para una pecadora como yo, o puede que los pecados que he cometido tiempo atrás son inconfesables. Es por eso, y ahora lo comprendo, que merezco ser castigada.

     Así pues, soy bestialmente empotrada contra aquel espejo frío y destructivo. No dejas que gime, no dejas que llore, no dejas que sienta el placer. Un castigo que sólo puede conducirme a un camino lleno de dolor, venganza y sangre. Eres tú y sólo tú, porque ya no es usted, padre, el que me penetra cuan animal en celo sin dejar de mirarme con aquellos ojos en silencio y con la sonrisa bien amplia. Me acaricia violentamente. Un sin sentido en un lugar y un momento que muy pocos conocen. Me agarra con fuerza del cabello y me susurra al oído unas palabras que ni si quiera yo misma logro entender. Y aún así, a pesar de aquella situación humillante y sumisa, me dejo llevar y permito que te conviertas en aquel dueño del títere roto y vacío. 

Una detrás de otra. Con fuerza. Rítmicamente. 
¿Y mi perdón?
¿Dónde está mi perdón?

Ya no se escucha ningún otro sonido que no sean el de nuestros cuerpos rozándose.
Y a pesar de eso, siento como si esto ya lo hubiera vivido antes...
Dolor. Fricción. Sin perdón. Agonía en silencio.

Y el castigo no ha hecho más que empezar.
Perdóneme, padre, perdóneme, por favor por todos mis pecados.

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